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| FOTO: Yeferson Berbesí |
Antes de empezar a escuchar opiniones que no construyen y no
tienen argumentos, me gustaría, salir en defensa de una causa, Talataa
(felicidad en Wayúu). La universalidad que evoca la
academia ha ido reduciéndose a una pequeña aldea que se aleja tanto de lo
global, que termina desconociendo su esencia. Así que a veces merece la pena ayudar a otros.
Una profesora plantea a un grupo de estudiantes, irse hasta
La Guajira con tres toneladas de alimento, ropa y juguetes para los más
necesitados. Les propone raparle la Universidad a las cuatro paredes de las que
tanto se quejan, para posibilitar el encuentro con la realidad del país que
habitan y anhelan cambiar. Lógico, no era sólo pedir y ya, estos chicos se
lucieron en realización de campañas y demás estrategias de gestión que lograron
cumplir el objetivo.
La fachada del edificio de comunicación social de la Universidad
de Pamplona asemejaba un supermercado de estos nuevos que no tienen estantería,
la mona robusta le gritaba a todo el mundo “mis kilos” y les apuntaba con el
índice como queriendo recordarles el compromiso que todos tenemos con los
demás, en especial, con los que necesitan. Los estudiantes le seguían el juego
y acomodaban en medio de carcajadas los kilos de mercado que iban llegando.
El jueves en Cúcuta, todos listos, después de horas
interminables, despiertan a los dormidos, “mire marica, llegamos”. Viernes,
Rioacha abría las puertas, Guajiros y Motilones, quién diría. Todo el mundo
estaba feliz antes de tiempo, pocos sabían que Uribia, lugar clave en el paso a
las Rancherías, estaba en paro hacía cuatro días, el camión con las tres
toneladas de Talataa iba en camino, a cumplir las cosas de Dios que uno a veces
no entiende.
El sábado era el día, pero el viernes a la media noche, el
paro estaba más vivo que el hambre que se pretendía saciar, sin embargo,
vivimos en Macondo, en la mañana no había paro, sólo quedaban vestigios de él
en la carretera desértica. Al medio día, el camión llegó, también un almuerzo
comunitario que caía como anillo al dedo a una treintena de personajes
hambrientos. Uribia es pobre, no tanto como la indiferencia o los delirios
regionalistas de algunos de nosotros.
Por fin, se hace el momento de partir a Segunda Loma y La
Loma, ni puta idea por qué se le llama así a esta planicie similar al Comala de
Juan Rulfo. El camión guía, entre el inclemente sol se ven algunos vehículos
preparándose para la caravana de la muerte con el contrabando de gasolina, uno
que otro wayúu sin esperanza de sombra y unos rieles de tren, como el tren
amarillo que llevó el mierdero a Macondo.
Como si no hubiesen pasado 500 años, tienen aún la maldición
injusta de no hablar nuestra lengua, el intérprete conversa con la señora que
hizo el contacto y el grupo empieza a trabajar rápidamente, todos,
absolutamente todos sin importar alguna particularidad, se volvieron una cadena
humana descargando, organizando a los despistados ancestros que llevaban la
cédula como si se tratase de alguna patraña política para manosearlos, fila de
niños, de líder de cada familia y… de repente Talataa estaba en esas chozas de
palos secos decorados con moscos que picaban del carajo. Vi las lágrimas más
hermosas que uno puede ver, las que le salen a los jóvenes de la conciencia por
ayudar.
El agua era oro, los niños abrazaron las bolsas de cinco
litros como si fueran el pecho para el recién nacido, se reían y comentarios en
su lengua le ponían banda sonora a la causa. Se acaba el sol y los mercados,
las gracias se intentan dar con la mano, había que dejar Talataa para más
Rancherías que lo necesitan, entre esas una que está en crisis porque la pesca
está siendo devorada por un animal de la misma calaña del hombre blanco.
De regreso hubo reflexión, muchos no tenían cómo viajar,
otros no conocían el mar, a muchos de estos chicos sus propios compañeros les
reclamaban con vehemencia el por qué no habían hecho algo en Norte de Santander…
todos concluyeron lo mismo, valió la pena dar Talataa, valió la pena el desafío
a los prejuicios para ayudar, no hubo ningún regaño maternal de la profesora
que les motivara a desistir, de repente, fue como si Mauricio Babilonia
estuviera paseando con Meme, estábamos en el monumento a Gabo, unas
hermosas mariposas amarillas que parecían escuchar los lamentos y carcajadas de
la noche. En fin, fue hermoso, una
experiencia reivindicadora y digna de toda una academia, digna de no ser
juzgada sino aplaudida, porque como dijo una vez Allende, “mi gabinete será
cristiano, estudiante, obrero, ateo” porque el hambre es la misma para todos.
Cada quién ve, dónde deposita su caridad, estos chicos
fueron privilegiados, y yo más, la profesora que les propuso esta locura, ya ha
hecho bastante por el lugar donde vive, quizá más de lo que han dado quienes se
duelen de ayudar en otro lado. Ella, con ayuda de sus proyectos de aula y
estudiantes, fondeó dinero para un proyecto relacionado con un bosque seco en
San Faustino, ha donado más de 1.000 kilos de alimento para perros a diferentes
fundaciones de la ciudad, ha logrado que se entreguen más de 2.000 sopas a los
habitantes de calle y además, abandera un proyecto hermoso con el Páramo de
Santurbán. ¿Entonces? No seamos tan toches mano, y demos Talataa, porque eso es
lo que importa.