martes, 28 de noviembre de 2017

TALATAA

FOTO: Yeferson Berbesí

Antes de empezar a escuchar opiniones que no construyen y no tienen argumentos, me gustaría, salir en defensa de una causa, Talataa (felicidad en Wayúu). La universalidad que evoca la academia ha ido reduciéndose a una pequeña aldea que se aleja tanto de lo global, que termina desconociendo su esencia. Así que a veces merece la pena ayudar a otros. 


Una profesora plantea a un grupo de estudiantes, irse hasta La Guajira con tres toneladas de alimento, ropa y juguetes para los más necesitados. Les propone raparle la Universidad a las cuatro paredes de las que tanto se quejan, para posibilitar el encuentro con la realidad del país que habitan y anhelan cambiar. Lógico, no era sólo pedir y ya, estos chicos se lucieron en realización de campañas y demás estrategias de gestión que lograron cumplir el objetivo.


La fachada del edificio de comunicación social de la Universidad de Pamplona asemejaba un supermercado de estos nuevos que no tienen estantería, la mona robusta le gritaba a todo el mundo “mis kilos” y les apuntaba con el índice como queriendo recordarles el compromiso que todos tenemos con los demás, en especial, con los que necesitan. Los estudiantes le seguían el juego y acomodaban en medio de carcajadas los kilos de mercado que iban llegando.


El jueves en Cúcuta, todos listos, después de horas interminables, despiertan a los dormidos, “mire marica, llegamos”. Viernes, Rioacha abría las puertas, Guajiros y Motilones, quién diría. Todo el mundo estaba feliz antes de tiempo, pocos sabían que Uribia, lugar clave en el paso a las Rancherías, estaba en paro hacía cuatro días, el camión con las tres toneladas de Talataa iba en camino, a cumplir las cosas de Dios que uno a veces no entiende.


El sábado era el día, pero el viernes a la media noche, el paro estaba más vivo que el hambre que se pretendía saciar, sin embargo, vivimos en Macondo, en la mañana no había paro, sólo quedaban vestigios de él en la carretera desértica. Al medio día, el camión llegó, también un almuerzo comunitario que caía como anillo al dedo a una treintena de personajes hambrientos. Uribia es pobre, no tanto como la indiferencia o los delirios regionalistas de algunos de nosotros.


Por fin, se hace el momento de partir a Segunda Loma y La Loma, ni puta idea por qué se le llama así a esta planicie similar al Comala de Juan Rulfo. El camión guía, entre el inclemente sol se ven algunos vehículos preparándose para la caravana de la muerte con el contrabando de gasolina, uno que otro wayúu sin esperanza de sombra y unos rieles de tren, como el tren amarillo que llevó el mierdero a Macondo.


Como si no hubiesen pasado 500 años, tienen aún la maldición injusta de no hablar nuestra lengua, el intérprete conversa con la señora que hizo el contacto y el grupo empieza a trabajar rápidamente, todos, absolutamente todos sin importar alguna particularidad, se volvieron una cadena humana descargando, organizando a los despistados ancestros que llevaban la cédula como si se tratase de alguna patraña política para manosearlos, fila de niños, de líder de cada familia y… de repente Talataa estaba en esas chozas de palos secos decorados con moscos que picaban del carajo. Vi las lágrimas más hermosas que uno puede ver, las que le salen a los jóvenes de la conciencia por ayudar.


El agua era oro, los niños abrazaron las bolsas de cinco litros como si fueran el pecho para el recién nacido, se reían y comentarios en su lengua le ponían banda sonora a la causa. Se acaba el sol y los mercados, las gracias se intentan dar con la mano, había que dejar Talataa para más Rancherías que lo necesitan, entre esas una que está en crisis porque la pesca está siendo devorada por un animal de la misma calaña del hombre blanco.


De regreso hubo reflexión, muchos no tenían cómo viajar, otros no conocían el mar, a muchos de estos chicos sus propios compañeros les reclamaban con vehemencia el por qué no habían hecho algo en Norte de Santander… todos concluyeron lo mismo, valió la pena dar Talataa, valió la pena el desafío a los prejuicios para ayudar, no hubo ningún regaño maternal de la profesora que les motivara a desistir, de repente, fue como si Mauricio Babilonia estuviera paseando con Meme, estábamos en el monumento a Gabo, unas hermosas mariposas amarillas que parecían escuchar los lamentos y carcajadas de la noche.  En fin, fue hermoso, una experiencia reivindicadora y digna de toda una academia, digna de no ser juzgada sino aplaudida, porque como dijo una vez Allende, “mi gabinete será cristiano, estudiante, obrero, ateo” porque el hambre es la misma para todos.


Cada quién ve, dónde deposita su caridad, estos chicos fueron privilegiados, y yo más, la profesora que les propuso esta locura, ya ha hecho bastante por el lugar donde vive, quizá más de lo que han dado quienes se duelen de ayudar en otro lado. Ella, con ayuda de sus proyectos de aula y estudiantes, fondeó dinero para un proyecto relacionado con un bosque seco en San Faustino, ha donado más de 1.000 kilos de alimento para perros a diferentes fundaciones de la ciudad, ha logrado que se entreguen más de 2.000 sopas a los habitantes de calle y además, abandera un proyecto hermoso con el Páramo de Santurbán. ¿Entonces? No seamos tan toches mano, y demos Talataa, porque eso es lo que importa. 

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