LLEGARON LOS GABARREROS... DE NUEVO
“El domingo vienen los gabarreros” decíamos en Tibú cuando el jueves ya tenía ganas de ser viernes. Entonces como si escuchara el disimulado anhelo de los habitantes, el dios blanco, el indígena o la misma vida, ponía el domingo en el calendario y a los gabarreros en el pueblo. Ellos llegaban hablando fuerte, con esa musicalidad en la voz que los hace tan especiales, los hombres con ganas de beber y las mujeres también, los niños con la sensación inocente de creer tener el mundo a su disposición cuando el adulto dice “pida lo que quiera”.
Los señores
paseaban por ambos lados del separador como si fuera una pasarela, con su corte
algo rapado a los lados y largo atrás, camisas manga larga de cuadros o colores
escandalosos, algunos de jeans, otros de lino, pero casi todos con botas estilo
Brahma y una toalla en el hombros, todos con las manos decoradas por cayos de tanto
raspar, la sonrisa escandalosa que se olvida del abandono y una mirada
resignada a que lo único que podían hacer era raspar, no había más que hacer ¿o sí?
Las señoras llevaban jeans ajustados, botas de corte alto, maquillaje extravagante como su
alegría para la clase fina, también hablaban fuerte y sus carcajadas se
escuchaban retumbar en los oídos de quienes no estaban en sus conversaciones,
algunas tímidas sólo miraban y se reían con disimulo. Y otras, increíblemente
para alguien del interior, tenían pinta de europeas con sus rubios cabellos y
claros ojos.
Los niños, ¿los
niños? Eran los reyes del pueblo por esa tarde dominguera antes de regresar con
sus padres a los verdes paisajes de ríos de oro y matas de coca, donde la
cercanía fronteriza de vez en cuando arrojaba bolívares. Se la pasaban cerca al
mercado, podían comprar carritos y soldados, podían recibir un poco del
esfuerzo de sus padres.
Durante las
masacres, los gabarreros, que en realidad no eran sólo de la Gabarra sino de
todos los espacios del bello Catatumbo, no volvieron al pueblo, en ocasiones
llegaban en buses de peralonso o camiones 650, sin la pinta dominguera, con la
tristeza de la incertidumbre mostrada en una mochila y una familia triste, iban con la
carga de no tener nada, con la frustración de ser agredidos y que nadie hiciera nada, con la posible salida a Cúcuta u otras ciudades donde tampoco habría
nada, porque el todo siempre estuvo en su terruño, de ellos, de los barí, del
campo.
Después de las
masacres de 11.000 campesinos en cuatro años, vino el silencio, nadie iba a
contar que les hacían comer los carnets a quienes estaban afiliados a cooperativas
de campesinos antes de trozar sus cuerpos y escupirlos en el río de oro, menos
se contaría que hasta la misma coca se la robaron como los españoles nos
robaron el oro hace cinco siglos. Y por
supuesto, también habría de omitirse el detalle sangriento de la indiferencia
gubernamental. Y muy después, llegó la palma, pero no alcanza para tanta
hambre.
Entonces en
2013, se encontraron en un paro histórico en la región, tristemente no mediatizado,
17.000 campesinos hablaron en idioma de lucha por sus derechos, pararon porque
desde 2009 no se cumplían los acuerdos relacionados a la zona de reserva
campesina. Allí no llegó diplomacia, llegó brutalidad, a 11 días dispararon
contra los campesinos, hiriendo a 11 y asesinando a otros 2, así como en
Venezuela, sólo que sucedía acá, pero la indiferencia acostumbrada se distrae
viendo la paja en el ojo ajeno.
Sólo dos días
bastaron para continuar la arremetida, en cámaras, quedó registrado el
asesinato de dos campesinos más, a los ojos de esta sociedad olvidadiza, que vio
y no se indignó como se rasga las vestiduras por nimiedades, de una sociedad
que menosprecia al campo y lo estigmatiza de subversivo porque este quiere
reivindicarse, dejar de lado los manoseos de políticos, academias e
instituciones, para ser auténtico explotando por sí mismo el potencial con el
que cuenta, que es sobre todo, su gente.
Después de 53
días y 200 campesinos heridos, cuatro muertos y otros amenazados, después de no
ver en las noticias la verdadera causa de su lucha, de otros tres años de
incumplimiento, de trabas a un proceso tan elemental como hacer las cosas que le
corresponden al estado que como, de contar con mínimo respaldo de la sociedad,
después de tanto aguante, los gabarreros, que no sólo vienen de la gabarra sino
de todos los lugares del bello catatumbo, están presentes de nuevo, defendiendo
una lucha justa, lamentablemente ya el estado hizo presencia, ya hubo el primer
enfrentamiento.


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