jueves, 26 de octubre de 2017

LLEGARON LOS GABARREROS... DE NUEVO


“El domingo vienen los gabarreros” decíamos en Tibú cuando el jueves ya tenía ganas de ser viernes. Entonces como si escuchara el disimulado anhelo de los habitantes, el dios blanco, el indígena o la misma vida, ponía el domingo en el calendario y a los gabarreros en el pueblo. Ellos llegaban hablando fuerte, con esa musicalidad en la voz que los hace tan especiales, los hombres con ganas de beber y las mujeres también, los niños con la sensación inocente de creer tener el mundo a su disposición cuando el adulto dice “pida lo que quiera”.


Los señores paseaban por ambos lados del separador como si fuera una pasarela, con su corte algo rapado a los lados y largo atrás, camisas manga larga de cuadros o colores escandalosos, algunos de jeans, otros de lino, pero casi todos con botas estilo Brahma y una toalla en el hombros, todos con las manos decoradas por cayos de tanto raspar, la sonrisa escandalosa que se olvida del abandono y una mirada resignada a que lo único que podían hacer era raspar, no había más que hacer ¿o sí?


Las señoras llevaban jeans ajustados, botas de corte alto, maquillaje extravagante como su alegría para la clase fina, también hablaban fuerte y sus carcajadas se escuchaban retumbar en los oídos de quienes no estaban en sus conversaciones, algunas tímidas sólo miraban y se reían con disimulo. Y otras, increíblemente para alguien del interior, tenían pinta de europeas con sus rubios cabellos y claros ojos.


Los niños, ¿los niños? Eran los reyes del pueblo por esa tarde dominguera antes de regresar con sus padres a los verdes paisajes de ríos de oro y matas de coca, donde la cercanía fronteriza de vez en cuando arrojaba bolívares. Se la pasaban cerca al mercado, podían comprar carritos y soldados, podían recibir un poco del esfuerzo de sus padres.


Durante las masacres, los gabarreros, que en realidad no eran sólo de la Gabarra sino de todos los espacios del bello Catatumbo, no volvieron al pueblo, en ocasiones llegaban en buses de peralonso o camiones 650, sin la pinta dominguera, con la tristeza de la incertidumbre mostrada en una mochila y una familia triste, iban con la carga de no tener nada, con la frustración de ser agredidos y que nadie hiciera nada, con la posible salida a Cúcuta u otras ciudades donde tampoco habría nada, porque el todo siempre estuvo en su terruño, de ellos, de los barí, del campo.


Después de las masacres de 11.000 campesinos en cuatro años, vino el silencio, nadie iba a contar que les hacían comer los carnets a quienes estaban afiliados a cooperativas de campesinos antes de trozar sus cuerpos y escupirlos en el río de oro, menos se contaría que hasta la misma coca se la robaron como los españoles nos robaron el oro hace cinco siglos.  Y por supuesto, también habría de omitirse el detalle sangriento de la indiferencia gubernamental. Y muy después, llegó la palma, pero no alcanza para tanta hambre.


Entonces en 2013, se encontraron en un paro histórico en la región, tristemente no mediatizado, 17.000 campesinos hablaron en idioma de lucha por sus derechos, pararon porque desde 2009 no se cumplían los acuerdos relacionados a la zona de reserva campesina. Allí no llegó diplomacia, llegó brutalidad, a 11 días dispararon contra los campesinos, hiriendo a 11 y asesinando a otros 2, así como en Venezuela, sólo que sucedía acá, pero la indiferencia acostumbrada se distrae viendo la paja en el ojo ajeno.


Sólo dos días bastaron para continuar la arremetida, en cámaras, quedó registrado el asesinato de dos campesinos más, a los ojos de esta sociedad olvidadiza, que vio y no se indignó como se rasga las vestiduras por nimiedades, de una sociedad que menosprecia al campo y lo estigmatiza de subversivo porque este quiere reivindicarse, dejar de lado los manoseos de políticos, academias e instituciones, para ser auténtico explotando por sí mismo el potencial con el que cuenta, que es sobre todo, su gente.


Después de 53 días y 200 campesinos heridos, cuatro muertos y otros amenazados, después de no ver en las noticias la verdadera causa de su lucha, de otros tres años de incumplimiento, de trabas a un proceso tan elemental como hacer las cosas que le corresponden al estado que como, de contar con mínimo respaldo de la sociedad, después de tanto aguante, los gabarreros, que no sólo vienen de la gabarra sino de todos los lugares del bello catatumbo, están presentes de nuevo, defendiendo una lucha justa, lamentablemente ya el estado hizo presencia, ya hubo el primer enfrentamiento.


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