sábado, 28 de octubre de 2017

LA SEÑORA DE LA VELA A SAN MARCOS DE LEÓN

Días difíciles han querido ser experimentados, quizá tienen vida propia y se disponen a cumplir alguna tarea del tiempo caprichoso. Acudir a los viejos en busca de consejos es una costumbre milenaria, la vida desgastada enseña más que cualquier método. La injusticia, siempre ha de ser motivo para rebelarse y sentir repudio, en especial cuando esa peste recae sobre los que uno ama. En medio de mi ignorancia para muchos, he creído que la conquista española fue una hedionda tan comprometida con su herencia que hizo bien la tarea. Fue lo más injusta posible.


Tierras, oro, trabajo, el privilegio de ver las piedras caminar porque no sabían cómo llamar a los armadillos. El pago al mundo viejo para que les dejara entrar al renacer del antropocentrismo, llegar a satisfacer su imaginario medieval con las realidades mágicas de Macondo; las aventuras que enloquecieron al Quijote las tenían aunque fuera en un breve porcentaje, cerca de ellos. Tan cerca que se permitieron desgarrarlas y simplificarlas a la realidad convencional, la cruel. Al punto que Saavedra tuvo que decirles a través de su humor, que de esos héroes el mundo ya no requería.


Dijeron los cronistas de indias, fieles a la corona española, que por estos lados había rituales satánicos, los muertos eran tratados de forma extraña y toda la población caía en el pecado mortal e imperdonable de herejía. Dijeron que eso era porque los indios no tenían alma y los africanos tampoco, entonces estaban entregados a rituales de brujería, adoraban imágenes extrañas, sus dioses no eran los mismos y las formas de adorarlos menos, por eso había que ser cuidadosos cuando se les matase con la espada porque algunos tenían la cabeza muy dura y podría averiar el arma defensora de aquél perverso matrimonio católico.


Nos colonizaron, en nombre de dios y el oro, cuentan algunos que tanto los africanos como los indígenas nunca pudieron entregar sus raíces, el hombre blanco entró a sus chozas con otra deidad, ellos fueron obligados a que le adoraran. Lo hicieron, sin dejar de lado su esencia, camuflaron majestuosamente sus rituales en la ley que imponía la espada y la cruz, entonces ya no fue solo el dios del blanco en la choza, también había un poco de espíritu negro e indígena en la casa del dios blanco.


Por estos días la injusticia entró a mi manada, con la bajeza de la calumnia, como dije al principio acudí a la vieja, la distancia quiso que fuese por mensajes así que le escribí, ella respondió con sabia paciencia y ternura infinita “Hijo, le voy a poner una velita a San Marcos de León para que amanse a esas fieras”  entonces, antes de recordar que me ama mucho, la memoria me hizo ver que el poco espíritu negro e indígena no se ha ido ni se irá de la casa del dios blanco.

jueves, 26 de octubre de 2017

LLEGARON LOS GABARREROS... DE NUEVO


“El domingo vienen los gabarreros” decíamos en Tibú cuando el jueves ya tenía ganas de ser viernes. Entonces como si escuchara el disimulado anhelo de los habitantes, el dios blanco, el indígena o la misma vida, ponía el domingo en el calendario y a los gabarreros en el pueblo. Ellos llegaban hablando fuerte, con esa musicalidad en la voz que los hace tan especiales, los hombres con ganas de beber y las mujeres también, los niños con la sensación inocente de creer tener el mundo a su disposición cuando el adulto dice “pida lo que quiera”.


Los señores paseaban por ambos lados del separador como si fuera una pasarela, con su corte algo rapado a los lados y largo atrás, camisas manga larga de cuadros o colores escandalosos, algunos de jeans, otros de lino, pero casi todos con botas estilo Brahma y una toalla en el hombros, todos con las manos decoradas por cayos de tanto raspar, la sonrisa escandalosa que se olvida del abandono y una mirada resignada a que lo único que podían hacer era raspar, no había más que hacer ¿o sí?


Las señoras llevaban jeans ajustados, botas de corte alto, maquillaje extravagante como su alegría para la clase fina, también hablaban fuerte y sus carcajadas se escuchaban retumbar en los oídos de quienes no estaban en sus conversaciones, algunas tímidas sólo miraban y se reían con disimulo. Y otras, increíblemente para alguien del interior, tenían pinta de europeas con sus rubios cabellos y claros ojos.


Los niños, ¿los niños? Eran los reyes del pueblo por esa tarde dominguera antes de regresar con sus padres a los verdes paisajes de ríos de oro y matas de coca, donde la cercanía fronteriza de vez en cuando arrojaba bolívares. Se la pasaban cerca al mercado, podían comprar carritos y soldados, podían recibir un poco del esfuerzo de sus padres.


Durante las masacres, los gabarreros, que en realidad no eran sólo de la Gabarra sino de todos los espacios del bello Catatumbo, no volvieron al pueblo, en ocasiones llegaban en buses de peralonso o camiones 650, sin la pinta dominguera, con la tristeza de la incertidumbre mostrada en una mochila y una familia triste, iban con la carga de no tener nada, con la frustración de ser agredidos y que nadie hiciera nada, con la posible salida a Cúcuta u otras ciudades donde tampoco habría nada, porque el todo siempre estuvo en su terruño, de ellos, de los barí, del campo.


Después de las masacres de 11.000 campesinos en cuatro años, vino el silencio, nadie iba a contar que les hacían comer los carnets a quienes estaban afiliados a cooperativas de campesinos antes de trozar sus cuerpos y escupirlos en el río de oro, menos se contaría que hasta la misma coca se la robaron como los españoles nos robaron el oro hace cinco siglos.  Y por supuesto, también habría de omitirse el detalle sangriento de la indiferencia gubernamental. Y muy después, llegó la palma, pero no alcanza para tanta hambre.


Entonces en 2013, se encontraron en un paro histórico en la región, tristemente no mediatizado, 17.000 campesinos hablaron en idioma de lucha por sus derechos, pararon porque desde 2009 no se cumplían los acuerdos relacionados a la zona de reserva campesina. Allí no llegó diplomacia, llegó brutalidad, a 11 días dispararon contra los campesinos, hiriendo a 11 y asesinando a otros 2, así como en Venezuela, sólo que sucedía acá, pero la indiferencia acostumbrada se distrae viendo la paja en el ojo ajeno.


Sólo dos días bastaron para continuar la arremetida, en cámaras, quedó registrado el asesinato de dos campesinos más, a los ojos de esta sociedad olvidadiza, que vio y no se indignó como se rasga las vestiduras por nimiedades, de una sociedad que menosprecia al campo y lo estigmatiza de subversivo porque este quiere reivindicarse, dejar de lado los manoseos de políticos, academias e instituciones, para ser auténtico explotando por sí mismo el potencial con el que cuenta, que es sobre todo, su gente.


Después de 53 días y 200 campesinos heridos, cuatro muertos y otros amenazados, después de no ver en las noticias la verdadera causa de su lucha, de otros tres años de incumplimiento, de trabas a un proceso tan elemental como hacer las cosas que le corresponden al estado que como, de contar con mínimo respaldo de la sociedad, después de tanto aguante, los gabarreros, que no sólo vienen de la gabarra sino de todos los lugares del bello catatumbo, están presentes de nuevo, defendiendo una lucha justa, lamentablemente ya el estado hizo presencia, ya hubo el primer enfrentamiento.