viernes, 22 de julio de 2016

POBRE PAZ...

Una vez me dijeron que las personas que habitan un país, sea cual sea, están en la obligación moral y cívica de leerlo, reconocerlo, saber qué pasa en él y cómo la posibilidad de ser afectados por ello puede determinar el rumbo de sus vidas. Cuando reviso los titulares de prensa, los amarillistas y los que tratan de aislarse de la parcialidad mediática, observo que el país está en una crisis que dejará consecuencias aterradoras de no ser cambiada. Sin embargo nuestro hermoso terruño tiene fetiches que quizá trasciendan el masoquismo de los existencialistas. 


En 2013 el centro de memoria histórica escupió una amarga verdad en la cara de la sociedad colombiana, de los 220.000 muertos que ha dejado el conflicto armado en Colombia, solo 40.000 fueron en combates. El resto del casi cuarto de millón quién sabe en qué hecho inesperado e injusto dejarían de existir, pero lo cierto es que no fue en el campo de batalla, fusil contra fusil. Seguramente fue motosierra contra persona indefensa amarrada a un árbol o grupo de hombres boca abajo con sus esposas e hijos llorando mientras un cabrón disparaba estallando cráneos para difundir miedo. Es bastante probable que no hayan tenido la oportunidad de si quiera correr a que la ley los defendiera, porque la ley estaba con ellos, los de las masacres.


Cincuenta años de conflicto, a la fecha quizá el cuarto de millón de muertos a causa de la guerra, economía colapsada, impuestos por las nubes y una sociedad cada vez más direccionada a la degradación no son un buen panorama. El sistema de salud es como la Grecia antigua, se vive con los muertos, el educativo reproduce conductas propias de la mediocridad, la alcahuetería y el conformismo. Para terminar de deprimirse solo basta con ver nuestras calles, el lapso entre el rojo y amarillo del semáforo equivale a unas cinco pitadas, y si llega a verde sin que el primer vehículo se mueva hay un “apúrese hijueputa” que le espera cuando lo adelanten los demás. 


En los colegios el estudiante opta por una actitud vandálica que raya en lo absurdo, por ejemplo, destruye las instalaciones de las cuales es dueño, en vez de defenderlas, y así sucesivamente hasta involucrar hechos que van a parar en la ilegalidad. En las EPS no dejan de jugar con los pacientes, 3 horas para ser atendido por urgencias, en 10 minutos lo revisa un médico de mala gana, y “señor debe esperar entre 3 o 4 horas para que le revisen los exámenes” la conclusión de tan magno ejercicio científico es fatal “acetaminofén cada 8 horas”. En las aceras de nuestro centro, abundan vendedores ambulantes, son informales porque la formalidad no les da las garantías que requieren para existir, las autoridades hacen un trueque que solo les favorece a ellas, así como a los españoles les favorecieron los espejos, le cobran al del rebusque por una calidad de vida que ni cerca están de experimentar, el vendedor no tiene trabajo estable pero la estabilidad de los recibos de empresas que ni siquiera son de la ciudad nunca se ve alterada, muy puntual les llegan a sus ranchos con fecha límite de pago y hasta con tips para el ahorro.

http://www.elortiba.org/lapices.html

Después de varios años de negociación con un grupo armado que desde hace mucho dejó de ser guerrilla se han llegado a pactar acuerdos que pueden ponerle fin a una lucha armada que ha dejado miles de muertos fuera de su perímetro de disputa. A Colombia le dan a elegir y siempre toma la peor decisión, en medio siglo de conflicto se ha cambiado varias veces de presidente y ninguno trajo la formula eficiente para finalizarlo, todo está igual, desde hace medio siglo o quizá más tiempo el país sigue perteneciendo a la mismas tres familias que lo manejan como la tienda de la cuadra. Ahora tiene la difícil tarea de elegir entre la paz y la guerra, digo difícil porque con tanto artista progresando, tantos ídolos de realities, tanta emisora sin contenido, es duro que la distracción no haga de las suyas como siempre. 


La clase media baja, la que más ha sido tocada por el conflicto, a la que el sistema le hace ganar el mínimo y pagar seguridad social, la que el jefe explota y le dice “usted verá si le sirve, ahí hay más hojas de vida de todos modos”, la clase que ha llevado sobre los hombros esta crisis, la que si desayuna no almuerza o si almuerza no cena, parece estar anclada en el oscuro episodio de la guerra, ya la ve tan habitual que quisiera no desprenderse de ella. Se acostumbró a la mala vida, a que se jodan en ella y la manoseen cada cuatro años, se adaptó a noticias desgarradoras como las más de 60 puñaladas que le pegaron a una señora estos días, al poco más 1.000 muertos que lleva la ciudad en accidentes de tránsito, a que el busetero en la guerra del centavo parezca un maniático en el volante sin el derecho a que le reclamen, a que el motociclista tenga tan bajo autoestima que no cumpla con las normas básicas de seguridad, a que el estudiante haga copia y que el papá le celebre la viveza.


La paz deberá ir a la guerra, qué paradoja, deberá rapar de las garras de ella a una sociedad que no se ha leído, y por eso no se reconoce a sí misma, deberá hacer de espejo para que por fin veamos el horror que creamos, está condicionada a hacer proselitismo, pobrecita. Tendrá que mendigar un voto o quizá comprarlo, para que gran parte de un país tenga la posibilidad de experimentar un breve acercamiento a ella. Un país que en lugar de estar pensando cómo fiscalizar el proceso y los recursos que se gastarán, está especulando bajo modelos que solo piensan en seguir con la guerra.

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